viernes, 12 de septiembre de 2014

Mal necesario

Él prefiere quererme cuando estoy lejos, cuando lo único que tiene de mí está en su mente. 
Prefiere quererme a la distancia, sin abrazos, sonrisas o palabras que aten. 
Él prefiere la confianza sin compromisos, no le gustan las promesas ni los reclamos.
Él prefiere quererme libremente, a su manera, y digo libremente queriendo decir libre de mí. 
A él no le gusta que yo quiera que me quiera. 
Me quiere porque le nace, porque no sabe no quererme. 
A él le gusta dar(me) la contra, y aparecer cuando no lo quiero querer, y obligarme (sin compromisos) a hacerlo. 
Me obliga sin promesas ni reclamos. Me obliga porque sabe que lo voy a querer. Me obliga porque sabe que yo tampoco no sé no quererlo. 

Pero yo prefiero quererlo cerca, cuando lo que tengo de él es él. 
Prefiero quererlo a mi lado, con abrazos, sonrisas y palabras (que no aten).
Yo prefiero la confianza con lealtad, con ganas, con motivos. 
Él prefiere quererme cuando nadie más lo quiere. Yo prefiero quererlo cuando es mi mejor opción. 
Me gusta compararlo, me gusta que no sea el mejor, me gusta saberlo y, aun así, preferirlo. 
Él no me prefiere. Él sólo sabe que me quiere sin mañana.
Yo lo quiero siempre. 
Somos incompatibles, pero nos queremos. Somos incompatibles por la manera en que lo hacemos. Somos males necesarios. Somos incompatiblemente eternos.

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