viernes, 12 de septiembre de 2014

Mal necesario

Él prefiere quererme cuando estoy lejos, cuando lo único que tiene de mí está en su mente. 
Prefiere quererme a la distancia, sin abrazos, sonrisas o palabras que aten. 
Él prefiere la confianza sin compromisos, no le gustan las promesas ni los reclamos.
Él prefiere quererme libremente, a su manera, y digo libremente queriendo decir libre de mí. 
A él no le gusta que yo quiera que me quiera. 
Me quiere porque le nace, porque no sabe no quererme. 
A él le gusta dar(me) la contra, y aparecer cuando no lo quiero querer, y obligarme (sin compromisos) a hacerlo. 
Me obliga sin promesas ni reclamos. Me obliga porque sabe que lo voy a querer. Me obliga porque sabe que yo tampoco no sé no quererlo. 

Pero yo prefiero quererlo cerca, cuando lo que tengo de él es él. 
Prefiero quererlo a mi lado, con abrazos, sonrisas y palabras (que no aten).
Yo prefiero la confianza con lealtad, con ganas, con motivos. 
Él prefiere quererme cuando nadie más lo quiere. Yo prefiero quererlo cuando es mi mejor opción. 
Me gusta compararlo, me gusta que no sea el mejor, me gusta saberlo y, aun así, preferirlo. 
Él no me prefiere. Él sólo sabe que me quiere sin mañana.
Yo lo quiero siempre. 
Somos incompatibles, pero nos queremos. Somos incompatibles por la manera en que lo hacemos. Somos males necesarios. Somos incompatiblemente eternos.

lunes, 18 de agosto de 2014

Carta al cielo

¿Cómo estás? Te imagino celebrando. Seguro sentado sobre una caja de cervezas, sin miedo a la resaca. Así debe ser allá arriba, ¿no? Tal vez el 'Zambo' Cavero esté a tu lado y no puedas pasar la canción o cambiar de canal para no escucharlo, como habrías hecho acá. Pero mira el lado positivo: con Óscar Avilés ahí puedes oír en vivo la mejor versión de Cariño bonito. Además, los Embajadores Criollos deben estar junto a ti, regalándote el mejor de sus conciertos. Sí, seguro estás bastante entretenido y por eso en estos días no has tenido tiempo para darte una vueltita por aquí. Porque sí sabes que espero impacientemente a la noche para poder soñar contigo, ¿no? Ni modo, tengo toda una vida para esperarte. Eso sí, lo mínimo que puedes hacer es contarme qué tal todo por allá. ¿Te recibió Lolo? ¿ya jugaron una pichanguita? ¿qué tal estuvo ese abrazo con mi tío? ¿la comida es mejor que la de mi abuelita? ¿nos extrañas? ¿estás feliz? 

Por acá todo sigue igual, pero faltas tú. Seguimos en lo mismo de siempre, cada uno en lo suyo, sólo que con unas cuantas lágrimas de compañeras. Ya, son más que "unas cuantas", pero no reclames, es inevitable... te extrañamos, pues. Extrañamos tu carita, tus bromas, tu risa, tu voz. Fue bastante gente a despedirte, ¿los viste? Ya sé que hubieras botado a todos, pero sé comprensivo, todos te recordaban con cariño. Contaban anécdotas divertidas y lloraban entre risas. Todos te quieren y no creo que lo digan sólo porque no estás más. Ya sabes que suele ser así, pero yo pienso que realmente te quieren. Si te conocieron, no hay otra opción.

Cuéntame, ¿se fue el dolor? Sí sé que fue bien difícil, más para ti que para nosotros, pero seguro allá todo lo lindo lo vale, ¿no? ¿tu nueva cama es cómoda? ¿tienes cuaderno para apuntar frases y chistes? ¿te dejan llenar geniogramas, comer muchas mentitas, chocolates y jugo de maracuyá? Dile a mi tío que no te los quite, que son sólo tuyos, como nos decías aquí. Lo peor ya pasó, abuelito. Ya puedes comer otra vez, puedes caminar, hablar, respirar. Ah, oye, aliméntate bien, nada de sólo dulces. Los últimos meses estuviste bien flaquito, y aunque para mí siempre fuiste el hombre más churro de todos, te prefiero gordito, como el día en que bailaste vals conmigo, como en las fotos que ayer vi con mi mami. Ella te extraña mucho, como todos, pero no estés triste. Te prometo que nos volveremos a ver. 

Quería agradecerte por la buena noticia de hoy. Sé que tuviste algo que ver, igual que con el triunfo del sábado. Eres un pesado. Nos hiciste sufrir a todos, pero me enseñaste, una vez más, que de eso se trata, de lucharla hasta el final. De hecho, creo que hay muchas cosas por las que debería agradecerte (otra vez), como para que no las olvides, como por todas las guías y enciclopedias que coleccionaste para nosotras. Las láminas hasta hoy le sirven a Luciano, imagínate. También por responder el teléfono, aunque lo odiabas tanto como yo, sólo para ayudarte con mis tareas. Y mejor aun, por volverme a llamar luego para complementar la información. Oye, en el cielo debería haber teléfono. Seguro te harías el loco para no contestar, pero no sé... extraño tu voz. 

Gracias por disculparme cuando no podía verte por ir a estudiar. "Haz lo que tengas que hacer. Cuando tengas tiempo vienes. Primero eres tú, luego yo", me dijiste siempre, y creo que fue uno de los dos errores que te escuché decir en toda mi vida. No seas loco. Primero siempre fuiste tú, abuelito, siempre tú. 

¿Me prometes que vas a cuidar a mi abuelita? Ella te necesita. Sé que extrañará tus bromas, por más pesadas que hayan sido, tus "chuy" cuando necesitabas algo, tus silbidos para pedirle algún favor, tus críticas a su comida (este es el segundo error. Ella cocina buenazo) y hasta tus celos por Diego Forlán. Estate tranquilo, ella sólo te ama a ti. 

No me dejes, abuelito. No me dejes nunca. Quédate aquí a mi lado. Me acostumbraste a quererte, a creerte, a necesitarte. Y hoy te necesito más que nunca. Te prometo que cada triunfo crema lo celebraré doble y en los campeonatos que me queden por vivir estarás siempre presente. Te mandó un abrazo de los que atraviesan fronteras, y tres besos en la cabeza como los que te di la última noche que te vi. No descanses, abuelito. Descansa del dolor, pero no de vivir. Ríe. Celebra. Festeja. Ya eres eterno.


miércoles, 30 de julio de 2014

Culpas

Me das la mano y yo sonrío. Estoy segura, protegida. Me miras como nadie más me mira y yo te quiero. No te miento. Te quiero y te creo.
Me hablas y yo te escucho. Siempre te escucho. Me pierdo en ti. Me río contigo. Me siento bien. Me haces bien.
Me río y no quiero que te vayas. Quiero tu mano en la mía otra vez. Quiero tus ojos reflejando mi mirada. Quiero quererte, creerte, escucharte, perderme, sonreír, pero siempre contigo aquí. Segura. Protegida. 

Es como un sueño. Tan sueño que, al despertar, cuando te vas, queda poco en mi mente. Tan poco que no hace falta olvidar. Porque no recuerdo. Porque desapareces y desaparecen tus manos frías, tus ojos brillantes, tus palabras que no duelen. Y no te extraño, ni te quiero, ni te creo. Te vas tú y se va todo. Y se quedan pensamientos que sí hieren, que carcomen, que me convierten en la mala de la historia, que buscan culpables y al no encontrarte me señalan a mí. A mí, que soy débil. Entonces les creo y me veo injusta, contradictoria, porque te quería y ya no más. Pero cuando vuelvas, esas ideas, que son como puñales, descansarán y yo volveré a soñar. Si estás tú, vuelvo a soñar, y vuelvo a quererte, a escucharte, a creerte, pero luego te vas y el círculo empieza otra vez. Y todo lo bonito se irá contigo nuevamente y sólo quedarán culpas que buscan en mí un dueño, un lugar para sentirse cómodas, para entender que esto pasa porque yo lo permito, porque no lo evito. 

Y tú, como hoy, no estarás. Y la mala soy yo, porque no correspondo y porque tu ausencia no me lo permite. 
Y siento que debo dejar que esas culpas sean libres y eso implica que no te vayas, y para que no te vayas no debes estar, no debes volver. Aunque no hayan manos, ni miradas, ni sonrisas. Aunque queme, aunque torture, aunque duela.

viernes, 3 de enero de 2014

Carta a un compañero

Compañero, antes que nada debes saber eso: que eres compañero; que a tu lado lo malo no lo es tanto y lo bueno es aun mejor; que tus palabras, aunque a la distancia, suenan más fuerte que un ruido ensordecedor; y que incluso tu silencio, contigo presente, tiene más calma que las olas del mar.
Compañero, yo te escribo sin que tú lo sepas, aunque tal vez algún día lo sabrás. Pero, estoy segura, para ese entonces yo ya habré olvidado y no habrá heridas que puedas sanar.
Compañero, no recuerdo fecha exacta, pero son varias lunas las que llevas aquí y, aunque no tengas pizca de sospecha, estas letras, desde antes de ser escritas, fueron pensadas para ti.
Compañero, no hay apuros y no sé bien lo que quiero decir, pero permíteme tomarme un tiempo (que no sé cuánto dure) para, sin rodeos, explicarte por qué hoy estoy aquí.

Fuiste amigo cada día, y cada noche de desvelo también, lo sabes más tú que yo, y si ahora el diálogo no es el mismo, es porque la amistad se enterró. Yo no quise que así fuera, y dudo que haya sido tu intención, pero, donde mandan las ganas, no hay espacio ni tiempo para pensar en una razón.
Compañero, si hoy te escribo, es porque amigo no eres más. No me malentiendas: hay confianza y hay cariño, pero te pienso más de la cuenta y, si esto sigue así, puede terminar mal.

Compañero, yo te quiero y, aunque lo sepas, te equivocas. No te quiero por costumbre, ni lo hago con certeza. Yo te quiero con un tanto de magia, aunque al decirte esto, tú tal vez estés con otras.
No hay problema, compañero; aunque mi corazón sea mezquino, yo sé bien que cuando algo no se puede cambiar, no hay más culpable que el destino.
Y, por eso, debes también saber que esta no es una carta de reclamo, sino más bien un espejo de mi alma, un capricho de mi mente, que no pasaría si estuvieras a mi lado.
No es momento, compañero, para hablar de merecimientos, pues cuando no te toca, no te toca, pero es necesario aclarar que si tú, al otro lado del cielo, también me estuvieras escribiendo, entonces tu boca no tendría necesidad de rozar otra boca.

Compañero, es un poco tarde y esto debe terminar. No lo hago por ti, sino por mí, que a final de cuentas es a quien más le cuesta andar. Yo no sé si tú me quieres, pero mi 'yo cobarde' me impide no insistir. Hay camino para rato, pero no lo habremos de compartir. No hay problema ni reproches, sigue tu rumbo, yo ya tendré otra ruta por seguir.
Eso sí, compañero, ten presente que si, algún día, estas letras llegan a ti, no serán más que un lejano recuerdo, del que yo, tiempo atrás, me obligué a huir. Y, aunque suene contradictorio, entenderás que esos besos que te di, no eran más que una pésima señal de que en aquel entonces yo sí te quise para mí.
Compañero, no hubo apuros, y no sabía bien lo que quería decir, pero gracias por el tiempo (que no supimos cuánto duraría) para, sin rodeos, explicarte por qué hoy estuve aquí.

martes, 3 de diciembre de 2013

Bodas de Oro



Hace tres años, aproximadamente, mi abuelita hizo público su amor platónico hacia Diego Forlán. Hasta ahora, cada vez que aparece en la tele, mi abuelito no duda en hacer un esfuerzo para decir algo similar a "ahí está tu Forlán". 

Hace casi un año, cuando mi abuelito se puso mal y confundía nombres y personas, me llamó América en lugar de Andrea. Me pareció gracioso y se lo conté a mi abuelita. Ella, lejos de que le hiciera gracia, me dijo: "América se llamó una enamorada que tuvo. Qué bien se acuerda de eso".

Mi abuelita a veces le pierde la paciencia y le responde mal. Él no pierde oportunidad de molestarla, pero incluso con ley de hielo de por medio, ella me pide que le pregunte a él si quiere sus chocolates diarios. La respuesta siempre es sí. Entonces, saca de su cajón un par, me los da y me dice: "no le digas que yo te los dí". 

Ellos me lo han dicho por separado, en momentos distintos: no eliges amar, pero sí eliges a la persona con la que quieres pasar el resto de tu vida. El amor se gasta, sí, pero si queda al menos algo chiquitito por lo que valga la pena luchar, entonces no tiene que existir un final cada vez que haya una pelea. Una relación es algo que se construye día a día. En la salud y en la enfermedad. Y es precisamente por eso que un día como hoy decidieron casarse. No por las puras hoy son 50 años desde esta foto. 

Felices Bodas de Oro, abuelitos. Hoy todo vale la pena.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Percepciones distintas

La música dejó de sonar o yo dejé de oírla,
la gente desapareció o yo ya no pude mirarla.
Tus manos en mi cuerpo,
tu piel apenas sobre la mía
y un corto circuito usurpando el lugar de la cordura.
Mi mente, traidora, una vez más,
el tiempo, nada,
y tantos años en vano,
y el eco de nuestras risas en el ambiente
y tus ojos tan cerca a los míos,
que hasta podía ver a través de ellos.
Fue un instante que duró una hora o poco más...
Y tus labios tocaron los míos,
como un par de manos tocan el piano
en medio de tanto silencio.
Yo soñé lo que no debía,
yo olvidé lo que prometí no hacer más
yo te quise más de lo que quería.
Para mí, tú siempre eres más de lo que en verdad eres.
Pero para ti fue un beso,
para ti solo fue un beso.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Entre sueños

Quería escribir, pero mejor me duermo
y es que si escribo, escribo de ti
y si es de ti, no habrá final,
o tal vez sí, pero no querré verlo
-ni verlo ni creerlo-
aunque tú pienses que sí
y yo te siga la corriente
no porque no me importe
sino porque eres tú
y porque, además, si te creyera
habrían existido ya 14 finales
y si existiesen finales
ya no escribiría de ti
y si no escribiera de ti,
¿entonces de qué?
(tal vez de vida o piano
o tintas o sombras
o nada).

Y suena el silencio
las palabras no se cocinan
y las miradas no se han medido
y suena el silencio (otra vez)
como suenan tus verdades
siempre a medias
y mis ojos se cierran
te imaginan, pero se cierran
así no te miro, no te creo.

Tanto te evito, tanto te encuentro
quería escribir, pero mejor me duermo
y te evito, y te sueño.