jueves, 7 de mayo de 2015

Confesiones post despedida

Pensándolo bien, no estuvo tan bueno. La pasé bien, pero mi mente te hizo el favor de hacerme creer que eras mejor. Vi en ti lo que quise ver. Y me costó caro, pero la vida me perdonó la deuda, y se llevó las lagrimas (si es que quedaba alguna). Ya te lloré suficiente, te di todo y ya no hay más por dar. No hay ni ganas. Y no se siente tan mal, después de todo. Es como leer un libro triste unas cuatro veces. Las dos primeras puede causar tristeza; la tercera, nostalgia; la última, nada, porque ya sabes lo que pasará. Ya sabes el final. 

Pensándolo bien, no estuvo tan bueno. Te creí hasta las mentiras más tontas, aguanté tus silencios absurdos y tus ganas de sentirte muy hombre por tener a más de una al lado. Pero, ¿sabes?, en realidad no son más que compañía, ninguna es lealtad. Y yo quise serlo, en serio, pero te faltó valor para arriesgar, para querer y para aceptar que puedes hacer feliz a alguien. A una sola. 

He decidido no quererte más, aunque deba lidiar con tu mirada a diario. Aunque de vez en cuando los recuerdos me traicionen, aunque tu indiferencia duela, aunque la soledad quiera hacerme creer que aún hay un beso y dos abrazos guardados, en algún rincón, para ti. Pero en realidad ya no hay nada, te lo juro. Ni resentimientos. 

Pensándolo bien, no estuvo tan bueno. Pero, aunque duela aceptarlo, tampoco estuvo tan malo. Quise y perdoné, salté y caí, pero también aprendí. Y algo que se transforma en lección no merece ser llamado error. 

sábado, 14 de marzo de 2015

Carta al cielo 2: aunque no te pueda ver

El sonido del teléfono siempre me ha dado miedo. Sobre todo cuando coincide con ese color de cielo que te indica que aún no es de día, que no es un buen momento para llamar a alguien a preguntarle cómo está. Ya estaba amaneciendo y el cielo tenía ese color, pero yo no lo hubiera sabido si el teléfono no hubiera sonado. Y sonó. Y mis ojos, como si un segundo antes no hubiera estado dormida, se abrieron de inmediato. Entonces no sentí miedo. Sentí  terror. 

"Ay, no", escuché. Era mi hermana. Seguro le había pasado lo mismo que a mí. El teléfono ya no timbraba. Mi mamá había contestado. Pero el terror era cada vez más grande. Yo ya estaba al lado de Michelle. Ella lloraba. Yo no. Yo solo la abrazaba. "Piensa que es mejor", dije, no sé si para convencerla a ella o a mí. Mi mamá también lloraba. Ya no hablaba. Aunque no oí ninguna palabra, sabia que ya había colgado. Ahora solo escuchaba el sonido de la ducha. Eran las 5 de la mañana del 15 de agosto. Viernes. Hacía frío. Y habías muerto. 

Al menos eso es lo que pensé. Pensamos. No supimos que seguías vivo hasta 30 minutos después, que mi mamá nos habló desde tu casa, a tu lado. "Está en las últimas", nos dijo. Debimos ir. Michelle y yo. Pero no lo hicimos. Quisimos, claro que sí, pero mi mamá tenía razón: teníamos que trabajar. No era la primera vez que te ponías tan mal. Tal vez no seria la última. Lo fue.



Estaba desgrabando una entrevista a Raúl Ruidiaz. Un día antes había estado en el Monumental. Hablé con él, con Rainer Torres y hasta con Héctor Chumpitaz. Un grande. Ese día recogí la telita de Universitario con la que te fuiste a descansar hasta ahora. Te conté todo esa misma noche. Poco antes de que me despidiera, poco antes de que tus ojitos se abrieran y me miraran tan fijamente (como no lo hacían ya varias semanas atrás), poco antes de que te viera por ultima vez. 

La voz de la 'Pulga' sonaba en los audífonos, cuando llegó ese maldito mensaje. El teléfono no sonó, pero el terror de apoderó de mí. Las lágrimas también. Ahora sí, de verdad, te había perdido para siempre. "Se me fue", dije en voz alta. Mi abuelito, sus chistes, sus geniogramas, sus mentitas y su maracuyá. Tus ojos, tus abrazos, tus piernecitas débiles, tu voz... Todo, todo lo había perdido para siempre. Te había perdido para siempre. 


A veces siento que ha pasado una eternidad desde la última vez que te di un beso en la frente. Otras que hace sólo unos días halagabas mis masajes. No sé cómo medir el tiempo. No sé si es mucho o poco. Pero hoy ya son siete meses sin ti, y te extraño como nunca creí que podría extrañar. No quiero olvidarte. Aunque igual estás. En cada canción criolla, estás. En cada crucigrama que no puedo terminar, estás. En cada enciclopedia que compraste para nosotras, estás. En cada partido de la 'U', estás. En cada programa de Combate, estás. En todo lo que hacíamos juntos, estás. Aunque no te pueda ver, estás. Y yo también estoy. Incompleta, pero estoy. Esperando siempre, a cada segundo, el momento en que nos volvamos a ver. Te prometo que, entonces, no te volveré a perder.


miércoles, 24 de septiembre de 2014

En el fútbol y en la vida

No me has fallado. Eso lo sabes tú y lo sé yo. Me fallarás el día que dejes de causarme alegrías, el día en el que ya no tenga voz, cuando te rindas y hagas que me canse, cuando sienta que no vale la pena, que ya no me haces bien.
Hoy no. Hoy no me has fallado, porque me has hecho cantar, me has hecho sufrir, me has hecho sentir. Y de eso se trata. Siempre lo tuve claro. Yo te soy fiel y tú a cambio me haces sentir viva, con ganas de más. Jamás me ofreciste estar siempre bien. Tú sólo me ofreciste aprender, saber que no soy más que nadie, estar segura de que todo cuesta, que nada es fácil, que hay que intentar, luchar, sufrir para luego festejar. 
Hoy no se pudo. Pero no te refuto nada. Porque me has hecho tanto bien que reclamarte sería atentar contra todo lo bueno que me has dado. Y no lo haría. Menos por errores tontos como los de esta noche. Son cosas que pasan. Hay que perder para saber lo bueno que es ganar. Hay que caer para aprender a levantarse. 
Me duele, no puedo mentirte. Me duele pero no me tumba, no me mata. Me da más ganas de quererte, de estar a tu lado, de seguirte cuando otros te dejan. ¿Cómo lo hacen? Es algo que no entiendo. Y eso abre la herida. Porque en las buenas es imposible no quererte, pero en las malas se demuestra lo de verdad. Porque este amor no entiende de lógicas, números, puntos o resultados. Este amor va más allá. Porque incluso cuando no puedo estar, estoy. Es dar todo sin esperar nada a cambio. Sabiendo que sea cual sea el marcador, habrá una voz alentándote. Sabiendo que siempre habrá un partido más (en el fútbol y en la vida). 
Lo nuestro es tan sincero que no exige facturas de momento, porque se sabe que la cuenta ya está saldada y que las  alegrías causadas nos dejan deudas pendientes. 
No me has fallado. Me fallarás cuando el futuro, y las derrotas, pesen más que la historia. Cuando sienta que no puedes, ni podrás, devolverme el cariño que te doy. Tú me enseñas a sentir, a aprender, a vivir, y eso, ganes o pierdas, nunca va a cambiar. 

viernes, 12 de septiembre de 2014

Mal necesario

Él prefiere quererme cuando estoy lejos, cuando lo único que tiene de mí está en su mente. 
Prefiere quererme a la distancia, sin abrazos, sonrisas o palabras que aten. 
Él prefiere la confianza sin compromisos, no le gustan las promesas ni los reclamos.
Él prefiere quererme libremente, a su manera, y digo libremente queriendo decir libre de mí. 
A él no le gusta que yo quiera que me quiera. 
Me quiere porque le nace, porque no sabe no quererme. 
A él le gusta dar(me) la contra, y aparecer cuando no lo quiero querer, y obligarme (sin compromisos) a hacerlo. 
Me obliga sin promesas ni reclamos. Me obliga porque sabe que lo voy a querer. Me obliga porque sabe que yo tampoco no sé no quererlo. 

Pero yo prefiero quererlo cerca, cuando lo que tengo de él es él. 
Prefiero quererlo a mi lado, con abrazos, sonrisas y palabras (que no aten).
Yo prefiero la confianza con lealtad, con ganas, con motivos. 
Él prefiere quererme cuando nadie más lo quiere. Yo prefiero quererlo cuando es mi mejor opción. 
Me gusta compararlo, me gusta que no sea el mejor, me gusta saberlo y, aun así, preferirlo. 
Él no me prefiere. Él sólo sabe que me quiere sin mañana.
Yo lo quiero siempre. 
Somos incompatibles, pero nos queremos. Somos incompatibles por la manera en que lo hacemos. Somos males necesarios. Somos incompatiblemente eternos.

lunes, 18 de agosto de 2014

Carta al cielo

¿Cómo estás? Te imagino celebrando. Seguro sentado sobre una caja de cervezas, sin miedo a la resaca. Así debe ser allá arriba, ¿no? Tal vez el 'Zambo' Cavero esté a tu lado y no puedas pasar la canción o cambiar de canal para no escucharlo, como habrías hecho acá. Pero mira el lado positivo: con Óscar Avilés ahí puedes oír en vivo la mejor versión de Cariño bonito. Además, los Embajadores Criollos deben estar junto a ti, regalándote el mejor de sus conciertos. Sí, seguro estás bastante entretenido y por eso en estos días no has tenido tiempo para darte una vueltita por aquí. Porque sí sabes que espero impacientemente a la noche para poder soñar contigo, ¿no? Ni modo, tengo toda una vida para esperarte. Eso sí, lo mínimo que puedes hacer es contarme qué tal todo por allá. ¿Te recibió Lolo? ¿ya jugaron una pichanguita? ¿qué tal estuvo ese abrazo con mi tío? ¿la comida es mejor que la de mi abuelita? ¿nos extrañas? ¿estás feliz? 

Por acá todo sigue igual, pero faltas tú. Seguimos en lo mismo de siempre, cada uno en lo suyo, sólo que con unas cuantas lágrimas de compañeras. Ya, son más que "unas cuantas", pero no reclames, es inevitable... te extrañamos, pues. Extrañamos tu carita, tus bromas, tu risa, tu voz. Fue bastante gente a despedirte, ¿los viste? Ya sé que hubieras botado a todos, pero sé comprensivo, todos te recordaban con cariño. Contaban anécdotas divertidas y lloraban entre risas. Todos te quieren y no creo que lo digan sólo porque no estás más. Ya sabes que suele ser así, pero yo pienso que realmente te quieren. Si te conocieron, no hay otra opción.

Cuéntame, ¿se fue el dolor? Sí sé que fue bien difícil, más para ti que para nosotros, pero seguro allá todo lo lindo lo vale, ¿no? ¿tu nueva cama es cómoda? ¿tienes cuaderno para apuntar frases y chistes? ¿te dejan llenar geniogramas, comer muchas mentitas, chocolates y jugo de maracuyá? Dile a mi tío que no te los quite, que son sólo tuyos, como nos decías aquí. Lo peor ya pasó, abuelito. Ya puedes comer otra vez, puedes caminar, hablar, respirar. Ah, oye, aliméntate bien, nada de sólo dulces. Los últimos meses estuviste bien flaquito, y aunque para mí siempre fuiste el hombre más churro de todos, te prefiero gordito, como el día en que bailaste vals conmigo, como en las fotos que ayer vi con mi mami. Ella te extraña mucho, como todos, pero no estés triste. Te prometo que nos volveremos a ver. 

Quería agradecerte por la buena noticia de hoy. Sé que tuviste algo que ver, igual que con el triunfo del sábado. Eres un pesado. Nos hiciste sufrir a todos, pero me enseñaste, una vez más, que de eso se trata, de lucharla hasta el final. De hecho, creo que hay muchas cosas por las que debería agradecerte (otra vez), como para que no las olvides, como por todas las guías y enciclopedias que coleccionaste para nosotras. Las láminas hasta hoy le sirven a Luciano, imagínate. También por responder el teléfono, aunque lo odiabas tanto como yo, sólo para ayudarte con mis tareas. Y mejor aun, por volverme a llamar luego para complementar la información. Oye, en el cielo debería haber teléfono. Seguro te harías el loco para no contestar, pero no sé... extraño tu voz. 

Gracias por disculparme cuando no podía verte por ir a estudiar. "Haz lo que tengas que hacer. Cuando tengas tiempo vienes. Primero eres tú, luego yo", me dijiste siempre, y creo que fue uno de los dos errores que te escuché decir en toda mi vida. No seas loco. Primero siempre fuiste tú, abuelito, siempre tú. 

¿Me prometes que vas a cuidar a mi abuelita? Ella te necesita. Sé que extrañará tus bromas, por más pesadas que hayan sido, tus "chuy" cuando necesitabas algo, tus silbidos para pedirle algún favor, tus críticas a su comida (este es el segundo error. Ella cocina buenazo) y hasta tus celos por Diego Forlán. Estate tranquilo, ella sólo te ama a ti. 

No me dejes, abuelito. No me dejes nunca. Quédate aquí a mi lado. Me acostumbraste a quererte, a creerte, a necesitarte. Y hoy te necesito más que nunca. Te prometo que cada triunfo crema lo celebraré doble y en los campeonatos que me queden por vivir estarás siempre presente. Te mandó un abrazo de los que atraviesan fronteras, y tres besos en la cabeza como los que te di la última noche que te vi. No descanses, abuelito. Descansa del dolor, pero no de vivir. Ríe. Celebra. Festeja. Ya eres eterno.


miércoles, 30 de julio de 2014

Culpas

Me das la mano y yo sonrío. Estoy segura, protegida. Me miras como nadie más me mira y yo te quiero. No te miento. Te quiero y te creo.
Me hablas y yo te escucho. Siempre te escucho. Me pierdo en ti. Me río contigo. Me siento bien. Me haces bien.
Me río y no quiero que te vayas. Quiero tu mano en la mía otra vez. Quiero tus ojos reflejando mi mirada. Quiero quererte, creerte, escucharte, perderme, sonreír, pero siempre contigo aquí. Segura. Protegida. 

Es como un sueño. Tan sueño que, al despertar, cuando te vas, queda poco en mi mente. Tan poco que no hace falta olvidar. Porque no recuerdo. Porque desapareces y desaparecen tus manos frías, tus ojos brillantes, tus palabras que no duelen. Y no te extraño, ni te quiero, ni te creo. Te vas tú y se va todo. Y se quedan pensamientos que sí hieren, que carcomen, que me convierten en la mala de la historia, que buscan culpables y al no encontrarte me señalan a mí. A mí, que soy débil. Entonces les creo y me veo injusta, contradictoria, porque te quería y ya no más. Pero cuando vuelvas, esas ideas, que son como puñales, descansarán y yo volveré a soñar. Si estás tú, vuelvo a soñar, y vuelvo a quererte, a escucharte, a creerte, pero luego te vas y el círculo empieza otra vez. Y todo lo bonito se irá contigo nuevamente y sólo quedarán culpas que buscan en mí un dueño, un lugar para sentirse cómodas, para entender que esto pasa porque yo lo permito, porque no lo evito. 

Y tú, como hoy, no estarás. Y la mala soy yo, porque no correspondo y porque tu ausencia no me lo permite. 
Y siento que debo dejar que esas culpas sean libres y eso implica que no te vayas, y para que no te vayas no debes estar, no debes volver. Aunque no hayan manos, ni miradas, ni sonrisas. Aunque queme, aunque torture, aunque duela.

viernes, 3 de enero de 2014

Carta a un compañero

Compañero, antes que nada debes saber eso: que eres compañero; que a tu lado lo malo no lo es tanto y lo bueno es aun mejor; que tus palabras, aunque a la distancia, suenan más fuerte que un ruido ensordecedor; y que incluso tu silencio, contigo presente, tiene más calma que las olas del mar.
Compañero, yo te escribo sin que tú lo sepas, aunque tal vez algún día lo sabrás. Pero, estoy segura, para ese entonces yo ya habré olvidado y no habrá heridas que puedas sanar.
Compañero, no recuerdo fecha exacta, pero son varias lunas las que llevas aquí y, aunque no tengas pizca de sospecha, estas letras, desde antes de ser escritas, fueron pensadas para ti.
Compañero, no hay apuros y no sé bien lo que quiero decir, pero permíteme tomarme un tiempo (que no sé cuánto dure) para, sin rodeos, explicarte por qué hoy estoy aquí.

Fuiste amigo cada día, y cada noche de desvelo también, lo sabes más tú que yo, y si ahora el diálogo no es el mismo, es porque la amistad se enterró. Yo no quise que así fuera, y dudo que haya sido tu intención, pero, donde mandan las ganas, no hay espacio ni tiempo para pensar en una razón.
Compañero, si hoy te escribo, es porque amigo no eres más. No me malentiendas: hay confianza y hay cariño, pero te pienso más de la cuenta y, si esto sigue así, puede terminar mal.

Compañero, yo te quiero y, aunque lo sepas, te equivocas. No te quiero por costumbre, ni lo hago con certeza. Yo te quiero con un tanto de magia, aunque al decirte esto, tú tal vez estés con otras.
No hay problema, compañero; aunque mi corazón sea mezquino, yo sé bien que cuando algo no se puede cambiar, no hay más culpable que el destino.
Y, por eso, debes también saber que esta no es una carta de reclamo, sino más bien un espejo de mi alma, un capricho de mi mente, que no pasaría si estuvieras a mi lado.
No es momento, compañero, para hablar de merecimientos, pues cuando no te toca, no te toca, pero es necesario aclarar que si tú, al otro lado del cielo, también me estuvieras escribiendo, entonces tu boca no tendría necesidad de rozar otra boca.

Compañero, es un poco tarde y esto debe terminar. No lo hago por ti, sino por mí, que a final de cuentas es a quien más le cuesta andar. Yo no sé si tú me quieres, pero mi 'yo cobarde' me impide no insistir. Hay camino para rato, pero no lo habremos de compartir. No hay problema ni reproches, sigue tu rumbo, yo ya tendré otra ruta por seguir.
Eso sí, compañero, ten presente que si, algún día, estas letras llegan a ti, no serán más que un lejano recuerdo, del que yo, tiempo atrás, me obligué a huir. Y, aunque suene contradictorio, entenderás que esos besos que te di, no eran más que una pésima señal de que en aquel entonces yo sí te quise para mí.
Compañero, no hubo apuros, y no sabía bien lo que quería decir, pero gracias por el tiempo (que no supimos cuánto duraría) para, sin rodeos, explicarte por qué hoy estuve aquí.