martes, 7 de marzo de 2017

Es fácil

Se me hace fácil dejar de quererte. Me basta con esquivarte. Con distraerme. Con mantenerme ocupada. Si, de pronto, me cruzo contigo, volteo la mirada. Sigo caminando y te olvido. Quedas atrás. Como debe ser. Siempre atrás, en el pasado, en el lugar donde están las cosas que no puedo cambiar pero sí evitar. Se me hace fácil no quererte. Solo necesito recordar las veces que me olvidaste. Las promesas que no cumpliste. Las heridas de tus tantas despedidas. La inestabilidad de tus tantos regresos. Te olvido y sigo. Te pienso, pero no te quiero más. Ni te extraño, ni te necesito. Sin ti me siento bien. Me siento mejor. Y me sorprende entender que ha pasado. Lo que nunca creí que pasaría ha pasado. Que ya no dueles, que ya no faltas. Si no estás, no me complicas.

Pero tan fácil como dejar de quererte es quererte nuevamente. Me basta con mirarte otra vez. 

miércoles, 1 de febrero de 2017

Volverás

Nunca va a ser suficiente. Ni los te quiero, ni los besos, ni los abrazos. Nunca voy a ser suficiente para ti. No interesa cuánto te quiera ni todo lo que esté dispuesta a dejar por ti. De todas formas te irás con ella. Si es más costumbre que amor solo lo sabes tú. Pero igual volverás. A ambas. Porque tu cobardía no te deja arriesgarte. Porque tu egoísmo no te da el permiso suficiente para dejarme ir. Porque te crees mi dueño. Porque te lo permito. Porque estoy dispuesta a recibirte siempre una vez más. Porque te quiero, aunque no te crea. Porque me haces bien por momentos. Porque me conformo con poco. Porque me conformo contigo. Aunque seas nada. 

martes, 24 de enero de 2017

Por última vez

Te dije adiós y te lo he dicho para siempre. Aunque no me creas. Aunque pienses que mis lágrimas fueron para adornar el momento. Aunque creas que, si me lo pides, yo volveré. Aunque intentes convencerte de que siempre es una penúltima vez.

Te he dicho adiós y te lo he dicho para siempre. Si quieres creerme o no, es tu problema. Yo lloré porque sentí la despedida, porque sabía que nunca más volvería a tocarte así, porque supe que, en ese último beso, se fueron todas mis ganas de arriesgarlo todo por ti. 

Te dije adiós y no me creíste, ahora lo entiendo. Pensaste que era, como siempre, una vez más. No sentiste mi mano diciéndote hasta nunca, sino hasta luego. Imaginaste que, si tú quieres, nos volveremos a encontrar. Y no es así. Porque tu camino no va ya junto al mío. Porque tus ganas de retenerme no son más fuertes que mis ganas de estar bien. Porque en tu guerra yo ya no puedo pelear. Porque en tu guerra yo nunca tuve lugar. Porque no puedo ganar. Porque aunque intentes, yo no te pertenezco. Porque aunque tú sí quieras, yo ya no quiero.

jueves, 7 de mayo de 2015

Confesiones post despedida

Pensándolo bien, no estuvo tan bueno. La pasé bien, pero mi mente te hizo el favor de hacerme creer que eras mejor. Vi en ti lo que quise ver. Y me costó caro, pero la vida me perdonó la deuda, y se llevó las lagrimas (si es que quedaba alguna). Ya te lloré suficiente, te di todo y ya no hay más por dar. No hay ni ganas. Y no se siente tan mal, después de todo. Es como leer un libro triste unas cuatro veces. Las dos primeras puede causar tristeza; la tercera, nostalgia; la última, nada, porque ya sabes lo que pasará. Ya sabes el final. 

Pensándolo bien, no estuvo tan bueno. Te creí hasta las mentiras más tontas, aguanté tus silencios absurdos y tus ganas de sentirte muy hombre por tener a más de una al lado. Pero, ¿sabes?, en realidad no son más que compañía, ninguna es lealtad. Y yo quise serlo, en serio, pero te faltó valor para arriesgar, para querer y para aceptar que puedes hacer feliz a alguien. A una sola. 

He decidido no quererte más, aunque deba lidiar con tu mirada a diario. Aunque de vez en cuando los recuerdos me traicionen, aunque tu indiferencia duela, aunque la soledad quiera hacerme creer que aún hay un beso y dos abrazos guardados, en algún rincón, para ti. Pero en realidad ya no hay nada, te lo juro. Ni resentimientos. 

Pensándolo bien, no estuvo tan bueno. Pero, aunque duela aceptarlo, tampoco estuvo tan malo. Quise y perdoné, salté y caí, pero también aprendí. Y algo que se transforma en lección no merece ser llamado error. 

sábado, 14 de marzo de 2015

Carta al cielo 2: aunque no te pueda ver

El sonido del teléfono siempre me ha dado miedo. Sobre todo cuando coincide con ese color de cielo que te indica que aún no es de día, que no es un buen momento para llamar a alguien a preguntarle cómo está. Ya estaba amaneciendo y el cielo tenía ese color, pero yo no lo hubiera sabido si el teléfono no hubiera sonado. Y sonó. Y mis ojos, como si un segundo antes no hubiera estado dormida, se abrieron de inmediato. Entonces no sentí miedo. Sentí  terror. 

"Ay, no", escuché. Era mi hermana. Seguro le había pasado lo mismo que a mí. El teléfono ya no timbraba. Mi mamá había contestado. Pero el terror era cada vez más grande. Yo ya estaba al lado de Michelle. Ella lloraba. Yo no. Yo solo la abrazaba. "Piensa que es mejor", dije, no sé si para convencerla a ella o a mí. Mi mamá también lloraba. Ya no hablaba. Aunque no oí ninguna palabra, sabia que ya había colgado. Ahora solo escuchaba el sonido de la ducha. Eran las 5 de la mañana del 15 de agosto. Viernes. Hacía frío. Y habías muerto. 

Al menos eso es lo que pensé. Pensamos. No supimos que seguías vivo hasta 30 minutos después, que mi mamá nos habló desde tu casa, a tu lado. "Está en las últimas", nos dijo. Debimos ir. Michelle y yo. Pero no lo hicimos. Quisimos, claro que sí, pero mi mamá tenía razón: teníamos que trabajar. No era la primera vez que te ponías tan mal. Tal vez no seria la última. Lo fue.



Estaba desgrabando una entrevista a Raúl Ruidiaz. Un día antes había estado en el Monumental. Hablé con él, con Rainer Torres y hasta con Héctor Chumpitaz. Un grande. Ese día recogí la telita de Universitario con la que te fuiste a descansar hasta ahora. Te conté todo esa misma noche. Poco antes de que me despidiera, poco antes de que tus ojitos se abrieran y me miraran tan fijamente (como no lo hacían ya varias semanas atrás), poco antes de que te viera por ultima vez. 

La voz de la 'Pulga' sonaba en los audífonos, cuando llegó ese maldito mensaje. El teléfono no sonó, pero el terror de apoderó de mí. Las lágrimas también. Ahora sí, de verdad, te había perdido para siempre. "Se me fue", dije en voz alta. Mi abuelito, sus chistes, sus geniogramas, sus mentitas y su maracuyá. Tus ojos, tus abrazos, tus piernecitas débiles, tu voz... Todo, todo lo había perdido para siempre. Te había perdido para siempre. 


A veces siento que ha pasado una eternidad desde la última vez que te di un beso en la frente. Otras que hace sólo unos días halagabas mis masajes. No sé cómo medir el tiempo. No sé si es mucho o poco. Pero hoy ya son siete meses sin ti, y te extraño como nunca creí que podría extrañar. No quiero olvidarte. Aunque igual estás. En cada canción criolla, estás. En cada crucigrama que no puedo terminar, estás. En cada enciclopedia que compraste para nosotras, estás. En cada partido de la 'U', estás. En cada programa de Combate, estás. En todo lo que hacíamos juntos, estás. Aunque no te pueda ver, estás. Y yo también estoy. Incompleta, pero estoy. Esperando siempre, a cada segundo, el momento en que nos volvamos a ver. Te prometo que, entonces, no te volveré a perder.


miércoles, 24 de septiembre de 2014

En el fútbol y en la vida

No me has fallado. Eso lo sabes tú y lo sé yo. Me fallarás el día que dejes de causarme alegrías, el día en el que ya no tenga voz, cuando te rindas y hagas que me canse, cuando sienta que no vale la pena, que ya no me haces bien.
Hoy no. Hoy no me has fallado, porque me has hecho cantar, me has hecho sufrir, me has hecho sentir. Y de eso se trata. Siempre lo tuve claro. Yo te soy fiel y tú a cambio me haces sentir viva, con ganas de más. Jamás me ofreciste estar siempre bien. Tú sólo me ofreciste aprender, saber que no soy más que nadie, estar segura de que todo cuesta, que nada es fácil, que hay que intentar, luchar, sufrir para luego festejar. 
Hoy no se pudo. Pero no te refuto nada. Porque me has hecho tanto bien que reclamarte sería atentar contra todo lo bueno que me has dado. Y no lo haría. Menos por errores tontos como los de esta noche. Son cosas que pasan. Hay que perder para saber lo bueno que es ganar. Hay que caer para aprender a levantarse. 
Me duele, no puedo mentirte. Me duele pero no me tumba, no me mata. Me da más ganas de quererte, de estar a tu lado, de seguirte cuando otros te dejan. ¿Cómo lo hacen? Es algo que no entiendo. Y eso abre la herida. Porque en las buenas es imposible no quererte, pero en las malas se demuestra lo de verdad. Porque este amor no entiende de lógicas, números, puntos o resultados. Este amor va más allá. Porque incluso cuando no puedo estar, estoy. Es dar todo sin esperar nada a cambio. Sabiendo que sea cual sea el marcador, habrá una voz alentándote. Sabiendo que siempre habrá un partido más (en el fútbol y en la vida). 
Lo nuestro es tan sincero que no exige facturas de momento, porque se sabe que la cuenta ya está saldada y que las  alegrías causadas nos dejan deudas pendientes. 
No me has fallado. Me fallarás cuando el futuro, y las derrotas, pesen más que la historia. Cuando sienta que no puedes, ni podrás, devolverme el cariño que te doy. Tú me enseñas a sentir, a aprender, a vivir, y eso, ganes o pierdas, nunca va a cambiar. 

viernes, 12 de septiembre de 2014

Mal necesario

Él prefiere quererme cuando estoy lejos, cuando lo único que tiene de mí está en su mente. 
Prefiere quererme a la distancia, sin abrazos, sonrisas o palabras que aten. 
Él prefiere la confianza sin compromisos, no le gustan las promesas ni los reclamos.
Él prefiere quererme libremente, a su manera, y digo libremente queriendo decir libre de mí. 
A él no le gusta que yo quiera que me quiera. 
Me quiere porque le nace, porque no sabe no quererme. 
A él le gusta dar(me) la contra, y aparecer cuando no lo quiero querer, y obligarme (sin compromisos) a hacerlo. 
Me obliga sin promesas ni reclamos. Me obliga porque sabe que lo voy a querer. Me obliga porque sabe que yo tampoco no sé no quererlo. 

Pero yo prefiero quererlo cerca, cuando lo que tengo de él es él. 
Prefiero quererlo a mi lado, con abrazos, sonrisas y palabras (que no aten).
Yo prefiero la confianza con lealtad, con ganas, con motivos. 
Él prefiere quererme cuando nadie más lo quiere. Yo prefiero quererlo cuando es mi mejor opción. 
Me gusta compararlo, me gusta que no sea el mejor, me gusta saberlo y, aun así, preferirlo. 
Él no me prefiere. Él sólo sabe que me quiere sin mañana.
Yo lo quiero siempre. 
Somos incompatibles, pero nos queremos. Somos incompatibles por la manera en que lo hacemos. Somos males necesarios. Somos incompatiblemente eternos.

lunes, 18 de agosto de 2014

Carta al cielo

¿Cómo estás? Te imagino celebrando. Seguro sentado sobre una caja de cervezas, sin miedo a la resaca. Así debe ser allá arriba, ¿no? Tal vez el 'Zambo' Cavero esté a tu lado y no puedas pasar la canción o cambiar de canal para no escucharlo, como habrías hecho acá. Pero mira el lado positivo: con Óscar Avilés ahí puedes oír en vivo la mejor versión de Cariño bonito. Además, los Embajadores Criollos deben estar junto a ti, regalándote el mejor de sus conciertos. Sí, seguro estás bastante entretenido y por eso en estos días no has tenido tiempo para darte una vueltita por aquí. Porque sí sabes que espero impacientemente a la noche para poder soñar contigo, ¿no? Ni modo, tengo toda una vida para esperarte. Eso sí, lo mínimo que puedes hacer es contarme qué tal todo por allá. ¿Te recibió Lolo? ¿ya jugaron una pichanguita? ¿qué tal estuvo ese abrazo con mi tío? ¿la comida es mejor que la de mi abuelita? ¿nos extrañas? ¿estás feliz? 

Por acá todo sigue igual, pero faltas tú. Seguimos en lo mismo de siempre, cada uno en lo suyo, sólo que con unas cuantas lágrimas de compañeras. Ya, son más que "unas cuantas", pero no reclames, es inevitable... te extrañamos, pues. Extrañamos tu carita, tus bromas, tu risa, tu voz. Fue bastante gente a despedirte, ¿los viste? Ya sé que hubieras botado a todos, pero sé comprensivo, todos te recordaban con cariño. Contaban anécdotas divertidas y lloraban entre risas. Todos te quieren y no creo que lo digan sólo porque no estás más. Ya sabes que suele ser así, pero yo pienso que realmente te quieren. Si te conocieron, no hay otra opción.

Cuéntame, ¿se fue el dolor? Sí sé que fue bien difícil, más para ti que para nosotros, pero seguro allá todo lo lindo lo vale, ¿no? ¿tu nueva cama es cómoda? ¿tienes cuaderno para apuntar frases y chistes? ¿te dejan llenar geniogramas, comer muchas mentitas, chocolates y jugo de maracuyá? Dile a mi tío que no te los quite, que son sólo tuyos, como nos decías aquí. Lo peor ya pasó, abuelito. Ya puedes comer otra vez, puedes caminar, hablar, respirar. Ah, oye, aliméntate bien, nada de sólo dulces. Los últimos meses estuviste bien flaquito, y aunque para mí siempre fuiste el hombre más churro de todos, te prefiero gordito, como el día en que bailaste vals conmigo, como en las fotos que ayer vi con mi mami. Ella te extraña mucho, como todos, pero no estés triste. Te prometo que nos volveremos a ver. 

Quería agradecerte por la buena noticia de hoy. Sé que tuviste algo que ver, igual que con el triunfo del sábado. Eres un pesado. Nos hiciste sufrir a todos, pero me enseñaste, una vez más, que de eso se trata, de lucharla hasta el final. De hecho, creo que hay muchas cosas por las que debería agradecerte (otra vez), como para que no las olvides, como por todas las guías y enciclopedias que coleccionaste para nosotras. Las láminas hasta hoy le sirven a Luciano, imagínate. También por responder el teléfono, aunque lo odiabas tanto como yo, sólo para ayudarte con mis tareas. Y mejor aun, por volverme a llamar luego para complementar la información. Oye, en el cielo debería haber teléfono. Seguro te harías el loco para no contestar, pero no sé... extraño tu voz. 

Gracias por disculparme cuando no podía verte por ir a estudiar. "Haz lo que tengas que hacer. Cuando tengas tiempo vienes. Primero eres tú, luego yo", me dijiste siempre, y creo que fue uno de los dos errores que te escuché decir en toda mi vida. No seas loco. Primero siempre fuiste tú, abuelito, siempre tú. 

¿Me prometes que vas a cuidar a mi abuelita? Ella te necesita. Sé que extrañará tus bromas, por más pesadas que hayan sido, tus "chuy" cuando necesitabas algo, tus silbidos para pedirle algún favor, tus críticas a su comida (este es el segundo error. Ella cocina buenazo) y hasta tus celos por Diego Forlán. Estate tranquilo, ella sólo te ama a ti. 

No me dejes, abuelito. No me dejes nunca. Quédate aquí a mi lado. Me acostumbraste a quererte, a creerte, a necesitarte. Y hoy te necesito más que nunca. Te prometo que cada triunfo crema lo celebraré doble y en los campeonatos que me queden por vivir estarás siempre presente. Te mandó un abrazo de los que atraviesan fronteras, y tres besos en la cabeza como los que te di la última noche que te vi. No descanses, abuelito. Descansa del dolor, pero no de vivir. Ríe. Celebra. Festeja. Ya eres eterno.


miércoles, 30 de julio de 2014

Culpas

Me das la mano y yo sonrío. Estoy segura, protegida. Me miras como nadie más me mira y yo te quiero. No te miento. Te quiero y te creo.
Me hablas y yo te escucho. Siempre te escucho. Me pierdo en ti. Me río contigo. Me siento bien. Me haces bien.
Me río y no quiero que te vayas. Quiero tu mano en la mía otra vez. Quiero tus ojos reflejando mi mirada. Quiero quererte, creerte, escucharte, perderme, sonreír, pero siempre contigo aquí. Segura. Protegida. 

Es como un sueño. Tan sueño que, al despertar, cuando te vas, queda poco en mi mente. Tan poco que no hace falta olvidar. Porque no recuerdo. Porque desapareces y desaparecen tus manos frías, tus ojos brillantes, tus palabras que no duelen. Y no te extraño, ni te quiero, ni te creo. Te vas tú y se va todo. Y se quedan pensamientos que sí hieren, que carcomen, que me convierten en la mala de la historia, que buscan culpables y al no encontrarte me señalan a mí. A mí, que soy débil. Entonces les creo y me veo injusta, contradictoria, porque te quería y ya no más. Pero cuando vuelvas, esas ideas, que son como puñales, descansarán y yo volveré a soñar. Si estás tú, vuelvo a soñar, y vuelvo a quererte, a escucharte, a creerte, pero luego te vas y el círculo empieza otra vez. Y todo lo bonito se irá contigo nuevamente y sólo quedarán culpas que buscan en mí un dueño, un lugar para sentirse cómodas, para entender que esto pasa porque yo lo permito, porque no lo evito. 

Y tú, como hoy, no estarás. Y la mala soy yo, porque no correspondo y porque tu ausencia no me lo permite. 
Y siento que debo dejar que esas culpas sean libres y eso implica que no te vayas, y para que no te vayas no debes estar, no debes volver. Aunque no hayan manos, ni miradas, ni sonrisas. Aunque queme, aunque torture, aunque duela.

viernes, 3 de enero de 2014

Carta a un compañero

Compañero, antes que nada debes saber eso: que eres compañero; que a tu lado lo malo no lo es tanto y lo bueno es aun mejor; que tus palabras, aunque a la distancia, suenan más fuerte que un ruido ensordecedor; y que incluso tu silencio, contigo presente, tiene más calma que las olas del mar.
Compañero, yo te escribo sin que tú lo sepas, aunque tal vez algún día lo sabrás. Pero, estoy segura, para ese entonces yo ya habré olvidado y no habrá heridas que puedas sanar.
Compañero, no recuerdo fecha exacta, pero son varias lunas las que llevas aquí y, aunque no tengas pizca de sospecha, estas letras, desde antes de ser escritas, fueron pensadas para ti.
Compañero, no hay apuros y no sé bien lo que quiero decir, pero permíteme tomarme un tiempo (que no sé cuánto dure) para, sin rodeos, explicarte por qué hoy estoy aquí.

Fuiste amigo cada día, y cada noche de desvelo también, lo sabes más tú que yo, y si ahora el diálogo no es el mismo, es porque la amistad se enterró. Yo no quise que así fuera, y dudo que haya sido tu intención, pero, donde mandan las ganas, no hay espacio ni tiempo para pensar en una razón.
Compañero, si hoy te escribo, es porque amigo no eres más. No me malentiendas: hay confianza y hay cariño, pero te pienso más de la cuenta y, si esto sigue así, puede terminar mal.

Compañero, yo te quiero y, aunque lo sepas, te equivocas. No te quiero por costumbre, ni lo hago con certeza. Yo te quiero con un tanto de magia, aunque al decirte esto, tú tal vez estés con otras.
No hay problema, compañero; aunque mi corazón sea mezquino, yo sé bien que cuando algo no se puede cambiar, no hay más culpable que el destino.
Y, por eso, debes también saber que esta no es una carta de reclamo, sino más bien un espejo de mi alma, un capricho de mi mente, que no pasaría si estuvieras a mi lado.
No es momento, compañero, para hablar de merecimientos, pues cuando no te toca, no te toca, pero es necesario aclarar que si tú, al otro lado del cielo, también me estuvieras escribiendo, entonces tu boca no tendría necesidad de rozar otra boca.

Compañero, es un poco tarde y esto debe terminar. No lo hago por ti, sino por mí, que a final de cuentas es a quien más le cuesta andar. Yo no sé si tú me quieres, pero mi 'yo cobarde' me impide no insistir. Hay camino para rato, pero no lo habremos de compartir. No hay problema ni reproches, sigue tu rumbo, yo ya tendré otra ruta por seguir.
Eso sí, compañero, ten presente que si, algún día, estas letras llegan a ti, no serán más que un lejano recuerdo, del que yo, tiempo atrás, me obligué a huir. Y, aunque suene contradictorio, entenderás que esos besos que te di, no eran más que una pésima señal de que en aquel entonces yo sí te quise para mí.
Compañero, no hubo apuros, y no sabía bien lo que quería decir, pero gracias por el tiempo (que no supimos cuánto duraría) para, sin rodeos, explicarte por qué hoy estuve aquí.

martes, 3 de diciembre de 2013

Bodas de Oro



Hace tres años, aproximadamente, mi abuelita hizo público su amor platónico hacia Diego Forlán. Hasta ahora, cada vez que aparece en la tele, mi abuelito no duda en hacer un esfuerzo para decir algo similar a "ahí está tu Forlán". 

Hace casi un año, cuando mi abuelito se puso mal y confundía nombres y personas, me llamó América en lugar de Andrea. Me pareció gracioso y se lo conté a mi abuelita. Ella, lejos de que le hiciera gracia, me dijo: "América se llamó una enamorada que tuvo. Qué bien se acuerda de eso".

Mi abuelita a veces le pierde la paciencia y le responde mal. Él no pierde oportunidad de molestarla, pero incluso con ley de hielo de por medio, ella me pide que le pregunte a él si quiere sus chocolates diarios. La respuesta siempre es sí. Entonces, saca de su cajón un par, me los da y me dice: "no le digas que yo te los dí". 

Ellos me lo han dicho por separado, en momentos distintos: no eliges amar, pero sí eliges a la persona con la que quieres pasar el resto de tu vida. El amor se gasta, sí, pero si queda al menos algo chiquitito por lo que valga la pena luchar, entonces no tiene que existir un final cada vez que haya una pelea. Una relación es algo que se construye día a día. En la salud y en la enfermedad. Y es precisamente por eso que un día como hoy decidieron casarse. No por las puras hoy son 50 años desde esta foto. 

Felices Bodas de Oro, abuelitos. Hoy todo vale la pena.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Percepciones distintas

La música dejó de sonar o yo dejé de oírla,
la gente desapareció o yo ya no pude mirarla.
Tus manos en mi cuerpo,
tu piel apenas sobre la mía
y un corto circuito usurpando el lugar de la cordura.
Mi mente, traidora, una vez más,
el tiempo, nada,
y tantos años en vano,
y el eco de nuestras risas en el ambiente
y tus ojos tan cerca a los míos,
que hasta podía ver a través de ellos.
Fue un instante que duró una hora o poco más...
Y tus labios tocaron los míos,
como un par de manos tocan el piano
en medio de tanto silencio.
Yo soñé lo que no debía,
yo olvidé lo que prometí no hacer más
yo te quise más de lo que quería.
Para mí, tú siempre eres más de lo que en verdad eres.
Pero para ti fue un beso,
para ti solo fue un beso.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Entre sueños

Quería escribir, pero mejor me duermo
y es que si escribo, escribo de ti
y si es de ti, no habrá final,
o tal vez sí, pero no querré verlo
-ni verlo ni creerlo-
aunque tú pienses que sí
y yo te siga la corriente
no porque no me importe
sino porque eres tú
y porque, además, si te creyera
habrían existido ya 14 finales
y si existiesen finales
ya no escribiría de ti
y si no escribiera de ti,
¿entonces de qué?
(tal vez de vida o piano
o tintas o sombras
o nada).

Y suena el silencio
las palabras no se cocinan
y las miradas no se han medido
y suena el silencio (otra vez)
como suenan tus verdades
siempre a medias
y mis ojos se cierran
te imaginan, pero se cierran
así no te miro, no te creo.

Tanto te evito, tanto te encuentro
quería escribir, pero mejor me duermo
y te evito, y te sueño.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Un brindis por ti

Hasta hace cuatro años yo seguía creyendo que un día aparecerías por la puerta de la casa de mis abuelitos. Yo sentada en el sillón al costado del equipo de música. Tú te ibas a acercar, me ibas a abrazar, me darías una mentita 'hortela' y me pedirías que no haga bulla, que deje de llorar, que guarde silencio. Entrarías al comedor gritando "¡Sorpresa!". Te habías ido de viaje, te habías mudado, te habías perdido. No sé lo que ibas a decirle a mis tíos, a mi mamá o a mis abuelitos, pero ibas a aparecer. No me importaba cuán imposible era, yo seguía pensando que podía pasar.

Hace dos años asumí que esa escena la podía reproducir solo en mi mente... y de pronto me entró un miedo atroz. Empecé a sentir mucho, muchísimo temor. Tenía pánico a olvidar cómo eras, cómo quiero ser. Me daba miedo eliminar de mi mente tu risa, tu olor y tu voz.

Hoy, hace 16 años, pudiste celebrar tu cumpleaños aquí por última vez. Hoy, son 16 las veces que festejas lejos de nosotros. Son casi 16 años desde que te vi por última vez. Hoy, sin embargo, el tiempo no ha pasado. 16 años no han pasado. Es decir, he crecido, he vivido, he aprendido, pero no han pasado, porque yo creí que te iba a olvidar de a poquitos, pero sigues presente, como si nunca te hubieras ido. Te recuerdo más que nunca, y te quiero más que nunca, también. Nadie sabrá jamás cuánto.

Celebra, tío. Celebra como siempre. Me encantaría comprar un 'jonca' contigo, verte preparar trago y prometerte a ti también que nunca más volveré a tomar ron. Me encantaría que choquemos nuestros vasos, pero ni modo, ya algún día lo podremos hacer. Mientras tanto, prepara un buen cubalibre, que, donde sea que estés, yo estaré brindando contigo, pero con chela nomás, porque con ron me duele la panza. Te amo, feliz cumpleaños.

lunes, 26 de agosto de 2013

Premonición

De pronto, un día, despertaré con ganas de no saber más de ti. Quizá, quien sabe, en brazos de alguien mejor. De pronto, un día, ya no habrá dolor, ni recuerdos que hieran, las palabras no dispararán y la mente será cobijo. Quizá, quien sabe, con mentiras más piadosas que las tuyas. Querré reír sin miedo a llorar, aprenderé a querer sin temor de olvidar. No pensaré en traición, en muerte, en costumbre.

Un día, lo sé, yo habré olvidado lo que me hizo mal y tendré una historia sin guión. Aunque no te siente bien, yo un día ya no volveré. De pronto, esa noche, no habrán más promesas de amor eterno, ni brazos obligados a ser compañía, ni besos para pasar el rato. Ese día, que puede ser mañana o en quinientas lunas, mi vida no necesitará más de la tuya, mi calma no buscara tu mesura, mis mañanas no pensarán en tus sueños. No habrá culpa, ni llanto, ni espera. No nadaré en agua sucia. No intentaré revivir a quien mató. Yo despertaré sabiendo lo que dí, sabiendo lo que fui, y no estaré, como hoy, segura de que volverás.

Y, entonces, la noche tendrá estrellas, cantaré sin vergüenza y el gris se habrá marchado. Y, entonces, solo entonces, yo sabré que te he olvidado. Y, entonces, sólo entonces, tú sabrás que me has perdido.

martes, 13 de agosto de 2013

Volvió

Cuando la nostalgia se dirigió a ti, la falta de palabras me hizo entenderlo. Aunque actué en contra de mis anhelos, nuestro libro perdió su valor. Y cuando el tiempo me devolvió la complicidad, supe que se había ido. Yo no le dije que se fuera, pero quizá notó que para él ya no había espacio. Y entonces el cuadro tomó color. Y entonces dejé de escribir de ti (por ti y para ti).

Con la melancolía que invade sin permisos, fui consciente de lo que empezaba a ser. El cielo no brilló o tal vez no lo noté. No me empeñé en que así sea, fueron los días los que me obligaron. Y cuando quise pensarte, mi mente me dijo que él ya no estaba: el amor se había ido.

Seiscientas noventa y nueve lunas me lo hicieron creer. Tus abrazos ya no faltaban. Ni tu voz, ni tu risa, ni tus manos. Las sonrisas eran lugares comunes pero aún sin tu mirada como motivo. Seiscientas noventa y nueve noches me cobijaron sin que tu presencia sea necesaria, y noté cómo todo cobraba sentido: volvía a ser yo, sin que fueras necesidad, sin que fueras ley.

Con menos resignación que olvido, dejé de extrañarte, a ti y a tus palabras. Con más costumbre que dolor, lo asumí. La costumbre no tardó en llegar y ni una sola vez quise volver. Pero, como toda verdad, hubo mentira. Los días sin ti me jugaron una mala pasada y tocó verte otra vez. No como quien mira un atardecer, sino como quien ve al sol esconderse.

Y entonces la nostalgia regresó, y entonces te empecé a querer. Sin culpas, sin obligaciones, pero también sin ganas. Y cuando tu risa tocó mi silencio y mi calma, supe que nunca se había ido, que siempre estuvo ahí, detrás de mi sonrisa o guardado en un cajón. Se había escondido, el incendio había sido controlado, pero nadie se dio la molestia de apagarlo. Supe también que aunque ya no hay espacio para reconstruir la ciudad perdida, no habrá día en el que no quiera que vuelvas a ser.

No quiero que se vaya, no quiero perderte otra vez, pero tampoco quiero esperar ni pensar. Solo quiero tenerte y que las lunas dejen de ser sin ti y empiecen a ser contigo, sin que exista un punto final; sin tener que sentir miedo al estar siempre tan segura, como hoy, de que si me llamas, voy.

domingo, 7 de julio de 2013

Si tu lo estás

Estás alegre. Cuentas chistes mientras mi tío afina la guitarra. Todos ríen. Todos siempre ríen con tus ocurrencias. Te has levantado de ese sillón en el que a toda hora estás recostado con los pies apoyados en una silla llena de stickers. Te has levantado y ahora te veo sentado en la sala, rodeado de gente, palabras y alcohol. Es una celebración, no importa cuál, todas terminan igual, contigo cantando.
"Te conocí vendiendo ají en la Parada", dices con voz melodiosa al ritmo de acordes que invaden el ambiente. Las carcajadas no se hacen esperar. Ese vals de Augusto Polo Campos es infaltable en donde estés tú, es la cereza del pastel, el momento que todos siempre esperan.

Tú también sonríes. Es una sonrisa inocente, cómplice, sincera. Es una sonrisa llena de sonrisas. Yo tengo sueño y quiero dormir, pero, a pesar de los borrachos (insistentes en servirse un nuevo vaso) que acaban con mi paciencia, prefiero escucharte. "Mas como en los pobres no cabe la dicha, tú me engañaste con el que vende salchichas", continúas y, mi tío, que está a tu lado tocando la guitarra, se une al alboroto que causan las risas de los presentes. Entro a tu cuarto y saco una bolsa de mentitas (o 'pica pica', como las llamábamos cuando era pequeña). Sé que las tienes en ese cajón para mí. Sé que ayer las compraste al por mayor mientras caminabas hacia el parque para rezarle a la virgencita que siempre te espera ahí. Sé que luego de dejar tus dos periódicos sobre la mesa, como manda tu rutina, has guardado las mentas para que yo las coja cuando quiera. Siempre oportuno. Siempre atento. Como cuando tenía una tarea en el colegio y te llamaba para que tú, mi enciclopedia andante, me explicaras todo lo que ni mi profesor ni internet podían. Yo colgaba el teléfono y empezaba a resolver el trabajo que tenía que presentar, pero siempre sabía que no tardarías en llamar nuevamente con un dato más. Sabía, también, que dos días después me preguntarías qué tal me había ido. No olvido tampoco esos cientos de láminas y álbumes que coleccionabas para que luego nosotras, tus dos nietas, pudiéramos utilizarlas en el colegio.

Hoy todo eso no es más que un recuerdo. Ya no escucho tu voz cantando "Romance en la Parada", ya no hay mentitas esperándome, ni periódicos sobre la mesa que tú mismo hayas comprado. Ya no coleccionas laminas ni álbumes para regalarnos. Ya no hay explicaciones sobre el gobierno de Odría o el terrorismo en el Perú. Ya no hay vasos de cerveza ni sillas en la sala que esperen tu presencia.

Hoy te vi y, aunque tus chistes siempre te acompañan, tu risa ya no es la misma. Ni tu risa, ni tu mirada, ni tu sonrisa. Estás echado en una cama comiendo un pan que no consigues pasar sin atorarte. Tu rostro se pone rojo y te falta el aire. Tus manitos frías tiemblan y tus delgadas piernas ya no funcionan como antes. Sigues siendo mi ejemplo, mi héroe, pero la vida te ha pasado factura y, mientras los días avanzan, tu memoria disminuye. Confundes nombres y lugares, y no consigues hablar con facilidad. Tu boca y tu cerebro ya no se comunican entre sí y al querer decir algo, dices otra cosa, luego sonríes y dices "caray, es un problema esto."
Ya no estás alegre. Sufres. Sufres muchísimo y la fortaleza que siempre te caracterizó se fue con los años a algún lugar muy lejano. Tus ganas de seguir te abandonaron. Te has rendido y te entiendo, pero no consigo aceptarlo. Lloras por dentro, me miras, sonríes con pena y tu sonrisa no llega hasta tus ojos.

Estás cansado y solo quieres dormir, con la esperanza de que el dolor cese, con el anhelo de irte, de dejarlo todo, de no despertar. Vives, de vez en cuando, en el pasado, y piensas en el entrenamiento de fútbol al que debes ir, en el carro -que vendiste hace años- que debes estacionar, en algún viaje de tu juventud que vas a realizar. A veces estás y a veces no. Te quedas dormido al hablar, tus ojos están cansados y se cierran porque ya no quieren ver. El amor que siento por ti me obliga a retenerte, a despertarte, a querer que estés siempre presente; es tan infinito que hasta se mezcla con el egoísmo de querer tenerte, aunque tú te quieras ir.

Alguna vez tú me ayúdate a caminar, a dar mis primeros pasos; hoy me toca a mí ser tu bastón, tu soporte, y ayudarte a dar los últimos. Te extraño, abuelito, te extraño aun teniéndote, te extraño porque sé que quieres irte, porque sé que te irás, y duele, duele eternamente. Duele tanto que no me permito darte la razón, que no te permito decirme que no. Extraño tus palabras, tus abrazos, tu risa, tus canciones. Extraño tu sonrisa sincera, sin dolor, tu salud, tus pasos, tus ganas de quedarte, de estar siempre bien.

No sé lo que nos depare el destino, pero debes saber que, a pesar de que jamás podré estar preparada para no verte más, lo único que quiero es que dejes de sufrir, y si para ello debo guardar mi egoísmo y empezar a dejarte ir, te prometo que lo haré. Y esa tarea, que no es del colegio, sino de la vida, debo hacerla yo sola. Los conocimientos ya me los diste y sé que cuando me llames para saber cómo me fue, yo te diré: "bien, si tú estás bien y ya no hay dolor, yo estoy bien. Donde quiera que estés, si tú estás bien, todo está bien".

martes, 4 de junio de 2013

Incertidumbre

Eres dos veces. Eres amigo y eres misterio. Eres bien e incertidumbre. Eres ganas de reír y ganas de querer. Eres quien quieres ser y quien quiero que seas. Eres, quizá sin saberlo, quizá consciente. Eres lo que creo, pero eres a medias, cuando se te antoja, cuando nadie sabe, cuando nadie es.

Y yo lo veía venir, lo supe desde que aprendí a descrifrarte, desde que tus ojos fueron cobijo y, tus palabras, confianza. Lo supe cuando el tiempo dejó de correr, cuando las horas ya no eran suficientes.

Te conocí dos veces, cuando la vida quiso y cuando yo decidí. Te conocí como compañero y compañía, como camino y destino, como conoces cuando debes y cuando quieres.

Y no te quiero, no como he querido. No eres luz, ni vida, ni necesidad. No eres lo que podrías llegar a ser, pero eres. Eres ganas, ganas de aprender, ganas de dar la contra, ganas de no rendirme, ganas de estar de cuando en cuando. Eres, pero eres a medias. Eres la mitad de lo que quiero, la mitad de lo que creo, la mitad de lo que pienso. Eres cuando quieres y no cuando quiero. Eres a veces, y empieza a doler, como duelen las dudas, la ausencia, las ganas.

Una pausa a la rutina, un poquito de mentira, un antojo de la imaginación, esa que me hace inventarte, esa que crea un mundo paralelo donde eres uno solo. Eres madrugadas, frío, letras. Eres espacio por llenar, una hoja en blanco, una nueva oportunidad.

Y he aprendido a vestir una incertidumbre del color de una sonrisa, he disfrazado un "estoy cuando quieras" de un "estoy cuando pueda", he caminado queriendo correr, he sido quien he querido cuando he podido ser quien tú quisieras.

Eres, a veces poco, a veces todo. Eres suspenso y, hoy, motivo, palabras. Y tengo miedo. Miedo de ser menos de lo que eres, miedo de querer a alguien que mi mente ha creado, miedo de que seas final y no inicio.

jueves, 14 de febrero de 2013

Amor es...

"Amor" no es tener una persona con la cual caminar de la mano, el amor no es tener planes por 14 de febrero o ir al cine o darse besos.
Amor es esa sensación de que todo está bien, de satisfacción, de sentirte completo, haciendo lo que hagas y estés con quien estés.
Amor es saber que aunque no me gusta lo que que escucho, lo seguiré escuchando porque en el fondo me hace bien.

Amor es mi mamá levantándose antes de las 7am solo para prepararme un jugo, amor es que sea una supermamá y saque fuerzas de donde no hay para vernos bien, amor es mi mami gritándome porque no ordené mi cuarto, pero abrazándome luego porque sabe que, aunque lo haga, al día siguiente estará desordenado otra vez.
Amor es mi hermana, siendo mi compañera en risas y llantos, peleando conmigo porque dejé mi toalla mojada en su cama, amor es compartir ropa con ella, ir juntas al estadio.
Amor es Luciano yendo al patio a leer un libro conmigo, amor es cuando me pide que el sábado no salga hasta tarde para levantarme el domingo temprano e ir a verlo jugar o salir con él.
Amor es ir todos los días a visitar a mis abuelitos y sentir que nunca es suficiente. Amor es mi abuelita sirviéndome comida aunque le haya dicho mil veces que ya comí. Amor es mi abuelito comprando siempre algo de más para invitarnos, es saber que en su cuarto siempre habrá una mentita para mí. Amor es que él me deje ayudarlo, aunque me pierda la paciencia.
Amor es que ellos, este año, cumplan 50 años de casados. Amor es que se odien y se quieran, amor es que se peleen y se necesiten, amor es que no se soporten pero no puedan estar el uno sin el otro, amor es no querer verse más pero saber que no se pueden alejar. Amor es verlos felices.
Amor es mi tío, al lado de Juandi, en el cielo, regalándome en cada estrellita un poco de fuerza para continuar.
Amor es Rex lamiéndome la cara, moviendo la cola cuando llego, tirándose al piso para que le haga cariño o ladrando un sábado a las 7.30am para subir a mi cama a saludarme.
Amor son mis amigos burlándose de mí o haciéndome reir, amor son ellos, ebrios o sobrios, felices o molestos, lejos o cerca. Amor es mi mejor amiga desde hace 8 años, es saber que puedo ir a su casa y abrir la refri para servirme agua y viceversa, es llegar a su casa y saludar a su perrita como si fuera mía. Amor es darle la contra a ese mal presagio de que en la universidad no es amistad sino negocio, amor es haber encontrado a las mejores compañeras de clases, es extrañarlas, es insultarlas, molestarlas, quererlas. Amor es el teatro, amor es subirme a un escenario y dejar de ser yo para vivir la historia de alguien más, una historia que quizás realmente exista.
Amor es alentar al equipo de fútbol que más amo, ir a norte con una de las personas que más quiero y cantar, saltar, gritar por más de 105 minutos, amor es seguir haciéndolo, amor es llevarlo en la piel, aunque me llamen loca.
Amor es amar lo que hago, es ser feliz con lo que tengo, con los que me rodean.
Amor no es solo tener una pareja, amor es más que eso. Amor es saber que el mundo puede caerse y tú seguirás de pie. Amor es amar y amar es vivir.

domingo, 10 de febrero de 2013

No bastó

"Sonríe", le dije. Era la quinta vez que lo decía. Lo sé porque fueron cinco las veces en las que sentí que lo quería, o lo que es peor aun, que sentí ganas de quererlo. "Solo sonríe", le pedí. Pero me escuchaban más las nubes que él. Estaba a mi lado, tan cerca como antes -e incluso un tantito más- pero su alma estaba a años luz de nosotros. "Sonríe", le rogué una última vez. Y ya eran seis. Quería verlo sonreír, quería sentirlo cómodo, sincero. "Yo no sonrío", me dijo, como quien dice "yo no sé perder".

Lo recuerdo impulsivo, traidor, perdido, indeciso, salvador, amigo, confidente; todo a la vez, pero sobre todo lo recuerdo mío. Pienso en él como todo lo que nunca quise, pero no pude evitar. Lo recuerdo como una piedra en el zapato, como una gota de lluvia constante, como un obstáculo, como una herida, como dolor.  No le pedía que se quede, no le dije cuánto lo extrañaba, no lo comprometí. Solo le pedí una sonrisa y él no quiso sonreír. 

Y la vida es así; él, más que nadie, es así. Tan dulce como amargo, tan esperado como inoportuno, tan querido como odiado. Un cigarro más se consume, y ya no sé por qué espero. Yo lo quise como se quiere el invierno, con paciencia, con la certeza de que se irá y volverá. Lo quise cuando otros me quisieron, lo quise en soledad, lo quise en compañía, lo quise con motivos, lo quise como se quiere aquello que debes odiar, lo quise aunque no quería, lo quise porque no debía.

Y yo fui su invierno, también, como un tiempo de espera a lo que vendrá, como un trampolín de suerte, como algo pasajero, como una estación que viene y se va y, aunque vuelva, nunca es igual.
Quise verlo sonreír, por puro antojo, tal vez, por mis ganas de quererlo querer. Quise decirle que lo quería, quise decirle que lo extrañaba, pero faltó valor, faltó tiempo, faltó olvido.

'Sonríe', le dije. 'Te quiero', quise decir.
'Yo no sonrío', me dijo. 'Yo no sé perder', quiso decir.
El silencio se coló, como esas personas que aparecen cuando menos las necesitas.
'Abrázame', dije, para romper la oscuridad de palabras que empezaba a dolernos. Lo miré, sabiendo que una vez más me regalaría un 'no'. Pero con él nunca se sabe, con él nunca sabré. Me abrazó, con nostalgia disfrazada de pena, con cariño pintado de compromiso, con fuerza, con ganas de no soltarme, como abrazas algo que alguna vez fue tuyo, algo que no quieres volver a perder. Y el tiempo se detuvo dos instantes, y la magia le robó sitio al silencio.

Pero no bastó, yo necesitaba una sonrisa, una sonrisa que, a pesar de los intentos, nunca, nunca llegó.